Una postal de Spa

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La apacible y boscosa villa de Spa, que entra en ebullición durante los días del Gran Premio belga, no sólo es famosa por su legendario circuito sino por sus tradicionales baños termales. Por Sergio Núñez @F1SergioNez.


El tranquilo pueblo de Spa, ubicado en las boscosas laderas de las Ardenas, en la provincia belga de Leija y a sólo a 20 kilómetros de la frontera oeste de Alemania, se apresta a recibir una vez más a la F1; y como siempre, la villa volverá a convertirse en un auténtico hervidero. No es difícil entender por qué.

El circuito de Spa-Francorchamps hospedó desde 1950 al Gran Premio de Bélgica en 46 de sus 58 ediciones puntuables y antes del primer Mundial de la “máxima” lo albergó otras 11 veces. Es también el favorito de la mayor parte de los pilotos, ya que pese a las modificaciones con que resurgió a inicios de los ’80, aún conserva varias de las desafiantes características que afrontaron notables como Juan Manurl Fangio, Alberto Ascari, Jack Brabham y Jim Clark. Y además, porque ofrece al público espectaculares puntos de observación.

Eso sí, hay que estar dispuesto a una larga recorrida por el bosque y exponerse a una habitual invitada: la lluvia, que acostumbra caer en algunos sectores mientras que en otros brilla el sol. Sin embargo, en la tradicional caminata de regreso, los más afortunados suelen quedarse con algún souvenir de los F1 que quedaron a un costado del asfalto.

Aunque pequeño, Spa tiene sus atractivos. El principal, sus célebres baños o centros de aguas termales desde la época romana. Tanto es así que los lugareños indican que el término moderno “spa” deriva del nombre de esta localidad.

El manantial más famoso es la Fuente de Pedro el Grande, un cenador (pabellón situado en un jardín, en general redondo, cercado y habitualmente cubierto de plantas trepadoras) edificado en 1880. Hoy es una sala de exposiciones donde se destacan pinturas de Antoine Fontaine, que en 1894 retrató a 96 personalidades que visitaban las termas, desde el zar Pedro el Grande hasta el duque de Wellington, el filósofo y escritor Montaigne y el poeta Victor Hugo.

Las Termás de Spa, construidas en 1868 con su típica fachada estilo Napoleón III, se cerraron para convertirse en un moderno complejo situado sobre una colina y al que se accede con un funicular. El lugar dispone de 800 m² de piscinas exteriores e interiores, baños turcos, saunas (en traje de baño o nudista) y resfrescantes duchas, con espléndidas terrazas panorámicas, restaurantes y cafeterías.

Otro atractivo es el Casino local, el más antiguo del mundo. Su creación se remonta a 1763, pero el edificio actual es de principios del siglo XX, con salas de juego estilo Luis XVI y un salón de fiestas que imita al teatro de la reina en la corte de Versalles.

También se puede visitar la Galerie Léopold II, con sus 160 columnas de hierro forjado, que une dos pabellones y los domingos acoge a un interesante mercado; y el Ayuntamiento, antigua residencia de 1763 para huéspedes ilustres.

En cuanto a hospedaje, se puede optar entre varios hoteles y los cámpings cercanos al trazado, donde hay gran variedad de puestos de comida y cerveza. Pero si se quiere algo más de comodidad y diversión, conviene parar en la ciudad de Lieja, capital de la provincia homónima y centro industrial distante a 40 kilómetros que cuenta con una importante vida nocturna, sobre todo, en el atractivo casco histórico en el barrio universitario.

Bruselas, la cosmopolita capital belga, se halla a menos de 140 kilómetros y está unida a Spa por un rápido sistema ferroviario. Sin embargo, desde la estación (Spa-Géronstère) a la pista hay un importante trecho -unos cinco kilómetros-, por lo que conviene alquilar un coche. La autopista que también une a ambas localidades está bien señalizada y el viaje no demanda mucho tiempo, pero conviene andar sin apuros porque no es fácil encontrar estacionamiento.


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